Era un atardecer bello, con el cielo azul oscuro, y con la luna asomando por la ventana. Dormitaba. De pronto al escuchar los pasos fuera de mi cuarto, lo extrañé todo.
Recordé a mi familia. Mi padre, mi hermana, mi abuelos… pero sobre todo a mi madre. Me acordé de su sonrisa, sus abrazos, sus besos cariñosos. Los días de mi infancia vinieron a mi cabeza. Ya había olvidado que jugaba hasta tarde con mis juguetes antes de bajar por la merienda; pan de dulce, leche, y a veces quesadillas o tamales, si mi memoria no falla.
Al escuchar los pasos, abrí los ojos, y estuve seguro que era ella. Sabía que iba a tocar a la puerta para ver si ya había recogido mis juegos, y preguntarme por mi hermanita. Escuché las risas alegres de mi padre y mis abuelos, y el correr de mi hermana para ganarme el puesto en la mesa. Una brisa de olores me golpeo dulcemente en la cara; probablemente hicieron chocolate caliente, pensé, y me emocioné como hace ya mucho que no lo hacía. Me preparé para salir corriendo y arrojarme a los brazos de mi madre.
Sin embargo, ella nunca llegó. Desperté antes.
Recostado en mi cuarto quise con todas mis fuerzas abrazar ese momento de felicidad, pero al no poder, una tristeza me invadió el alma y las lágrimas corrieron por mis mejillas.Y fue entonces cuando me di cuenta de lo que pasó.
Por una fracción de segundo, viaje en el tiempo.
Por eso están prohibidos los viajes al pasado.
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